Roar your terrible roars and gnash your terrible teeth and roll your terrible eyes and show your terrible claws! And please don't go I'll eat you up, I love you so.
Pues ya está online la página web de la iniciativa Telecápita.
He estado colaborando con algunas notas sobre cine y conciertos, y mantengo una
columna sobre terrorismo. Vale la pena checarla seguido, se sube contenido nuevo
todos los días. Acá dejo un video con intervención de Guillermo Fadanelli y
Jordi Carrión.
Kurt Cobain es un dios mentiroso con el fuego en la garganta
y yo estoy mudo en el yermo de las criaturas matemáticas
nómada de mi sangre busco la voz que se me perdió
Hoy
hay otros mundos que borrar con el olor a gasolina
hay otras tierras qué pisar con la ceniza en la suela de las botas
y otros fuegos qué apagar
con la orina del corazón
tiempo de morir
en la pira de palabras
"Más temprano que tarde, Jimena traspasaría la frontera de la admiración que ahora te profesa, se fastidiaría de tu erudición dictatorial y de todas las manías que has venido construyendo a lo largo de tu vida con obcecación catedralicia, y acabarías por ser tú el conquistado, sometido hasta la humillación por su belleza y juventud."
Gonzalo Celorio, Y retiemble en sus centros la tierra
Quién ha comido en un templo budista sabe que desperdiciar cualquier partícula de comida es un crimen de proporciones considerables. Quien ha comido un pastel de chocolate, fruta con yogur, o helado en un tazón, sabe que el asiento pringoso que se queda adherido a la parte baja del contenedor es prácticamente imposible de consumir con las técnicas aceptadas para el uso de los cubiertos. Una de las cosas que más me entristecen es ver el fondo de mi plato ungido con una capa del residuo espeso del platillo en turno. Y es que es terrible saber que toda la mermelada de que escurrió de los hot cakes, que todo el aderezo gourmet de mostaza y miel que se escabulló entre la lechuga, que todo el humus que goteó del falafel y formó delgados sedimentos sobre el suelo del recipiente, quedará por siempre borrado con el detergente de uso común.
2
Esta mañana tomé consciencia de que no recuerdo cómo es que conocí a Einstürzende Neubauten, una de mis bandas favoritas. Y es raro, un acontecimiento como ese debería haberse archivado en mi memoria, lo que sí recuerdo es que el primer álbum que conseguí fue el Kollaps y que me fascinó desde el primer track. Por aquel entonces no había escuchado algo semejante, tan ruidoso y armónico al mismo tiempo. Musical y destructivo. Y es que la música de los primeros años de Einstürzende Neubauten es tan real y artificial al mismo tiempo que me enseñó por aquel entonces algo que agradezco todavía hoy, en este momento. Fue el tomar consciencia de que los 12 semitonos de la escala temperada occidental con los que están creadas prácticamente la totalidad de las composiciones musicales no era la única alternativa a la armonía melódica del mundo. Después de un curso intensivo con esos terroristas sonoros pude ser capaz de disfrutar como música con armonía y ritmo, con una lógica interna que de pronto se me revelaba hermosa, la totalidad de los sonidos incidentales a mi alrededor. Incluso los considerados molestos. Motores, excavadoras, los sonidos de un perro que ladra estúpidamente en algún lugar, una motocicleta que pasa, cláxones en las avenidas. El sonido del estrés diario que ha sido tan mal entendido todos estos años.
1.1
Me gusta lamer lo que se ha quedado en el fondo del plato. Ya no me importa hacerlo en público, y si me preguntan por qué lo hago no contesto, no me interesa que me observen, tampoco me interesa explicarlo. Me interesa disfrutar hasta la última partícula de mi platillo. Es casi una cuestión moral. Lamer el plato debería ser una actividad permitida por las reglas de etiqueta más estrictas, e incluso fomentada, debería haber una campaña al respecto. Todos deberían lamer sus platos hasta dejarlos totalmente limpios.
2.1
Hay algo sexy en el silencio, reza una canción de Einstürzende Neubauten, en un álbum que marcó el periodo más suave y delicado de su historia. Para ese punto nadie esperaba que esos alemanes salieran con un trabajo semejante. Es una delicia, hay que decirlo. No sólo el álbum, también la manera en que dejaron de lado la etiqueta primigenia de violencia, motores y tubería industrial… para tomar un camino más convencional que sin embargo para ellos seguía siendo una especie de [auto]destrucción.
3
Me imagino a Blixa Bargeld [el frontman de Einstürzende…], al terminar un tazón de helado alemán, hundiendo las fauces en el recipiente y lamiendo los residuos con elegancia e impasibilidad.
Pero el punto en todo esto no es Einstürzende… ni mi pugna porque sea socialmente permitido lamer el plato después de comer. Todo esto tiene que ver con cómo es que pequeñas cosas pueden abrir caminos. Los caminos personales quiero decir. Y tiene que ver también con la disolución de pequeños moldes, de pequeñas cosas. Con la manera en que mediante detalles que aislados parecerían ridículos se puede ir matizando un pequeño cosmos personal.
4
Hay momentos en que no queda otra opción que subvertir las pautas. Destruirlo todo. No con odio, sino con ese afán liberador del que habla Walter Benjamin en Elcarácter destructivo. No sé si a Benjamin le gustaba el helado, pero sí sé que Blixa Bargeld leyó alguna vez ese ensayo. Me enteré justamente hoy mientras realizaba mi surfeo matinal en la red. Yo ya había leído ese trabajo y nunca se me había ocurrido que hubiera una conexión entre el filósofo y la banda. Pero de pronto todo cobró sentido. El titulo de ese álbum llamado Strategies Against Architecture, por ejemplo,o incluso el mismo nombre Einstürzende Neubauten que significa algo así como “colapsar los nuevos edificios”.
Normalmente me gustan las estructuras poco convencionales en todos los sentidos, sobre todo quizá por la manera en que me relaciono con las personas. Me cuesta mucho sudor explicativo y un largo tiempo eligiendo las palabras totalmente adecuadas para darme a entender correctamente. Es como parte de mi personalidad. También supongo que por eso tengo esa tendencia que muchos odian a suprimir de cuando en cuando ciertas pequeñas cosas, esa tendencia a ir haciendo espacio cuando después de un tiempo las estructuras en las que me muevo ya no me satisfacen.
Pero por otro lado no me gusta dejar nada a medias, por eso también me aferro incluso a las últimas posibilidades, al último resquicio de lo posible cuando algo me interesa de verdad. En este sentido, y como un ejemplo estúpido pero ilustrativo para este caso, aquello de lamer el plato, que a la vez es una pequeña micro rebelión ante los moldes de etiqueta y manuales de buenas costumbres, y mi expresión de nostalgia al ver que algo que me agrada se desperdicia, se queda a medias, resume una pugna interna a la que me enfrento muy seguido.
Cuando la balanza entre la destrucción y la conservación está equilibrada las cosas van más o menos bien. Pero de cuando en cuando uno de los lados se inclina más de lo debido.
******
Entonces esta mañana Walter Benjamin estaba sentado en el sillón de mi recámara. Fumaba y se le veía consternado. Sabía que no era pertinente preguntarle algo tan estúpido como ¿cómo carajos llegaste aquí? o ¿quién te dejó entrar? Así que me senté en el borde de mi cama y le pedí un cigarro, como no tenía otro me dio el que se estaba fumando. Estaba pálido, a pesar de ser una mañana calurosa. Le dije que si había comido algo, que si quería café. Me dijo que no quería comer o beber nada, que le apetecía jugar una partida de ajedrez, yo le dije que era muy temprano para aquello y me fui al comedor a desayunar.
Cuando volví me lo encontré en la misma posición. Llevaba dos tazones con helado, le ofrecí uno y lo aceptó, quizá porque le daba pena rechazarlo. Puse música “Stella maris” comenzó a sonar. Se me ocurrió preguntarle cómo traduciría Einstürzende Neubauten y me salió con un rollo teórico que no iba a ninguna parte, yo, en silencio, lo observaba hablar mientras me comía mi helado.
Cuando terminamos [yo comencé a lamer el plato, le dije que lo hiciera también, que era la costumbre ahora] quise preguntarle, nada más por no dejar, que si era cierto aquello de que se había suicidado o si en realidad lo habían asesinado los franquistas como también se especulaba, pero al final me pareció estúpido. Aunque quizá el intuyó mi duda porque comenzó a hablar al respecto con un acento muy extraño pero que dejó entreoír algunas frases como “en una situación sin salida, no tenía otra elección que la de terminar” y “no es que la vida sea valiosa, sino que el suicidio no merece la pena”. Por lo que quedé igual de confundido.
Al finalizar su ajetreada explicación jugamos ajedrez, sobra decir que él ganó, aunque le di algo de batalla. Después de su última movida [no hizo falta que dijera jaque mate, pues era obvio] me dijo que ya era hora, que teníamos que irnos. Yo le dije que no era hora, que quería quedarme pero que podía llevarse algo mío, lo que quisiera. Entonces repuso que el que podía llevarse algo era yo. No quise discutir, tomé un pequeño elefante de felpa y le dije que estaba listo. Así que sacó de su pantalón una granada de mano, jaló el seguro y comenzó a contar en alemán, despacio y firme, hasta veinte.
Y entonces me asomé por balcón y lo vi. Y al instante supe que era ese, precisamente ese y no otro. Qué importaban los miles de automóviles azules que hay en el país. Yo podría reconocerlo a cualquier distancia, en cualquier momento. Y por un instante todo pareció tan natural, tan cotidiano, como si toda la noche hubiera sabido que estaba ahí, como si el tiempo nunca hubiera pasado o como si hubiera retrocedido; como si un bucle travieso me hubiera atrapado y llevado a aquellos tiempos. Pero la sensación duró apenas tres segundos. Después me di cuenta de que el tiempo sí había pasado, de que no retrocedería y de que el azar no me reservaría jamás una experiencia que violentara las leyes de la física del universo. Y entonces se me revolvió el estómago. No por asco, sino por una mezcla de miedo y ansiedad, o de incertidumbre y acidez, o de dolor y alegría, o quizá más bien de sorpresa y desamparo ante lo que venía. Quise huir, pero también quise atrincherarme a encarar lo inevitable, y quise observarlo todo desde un ángulo seguro, como en tercera persona. O de una manera más vaga e ingenua aún, como en la posición de un desprevenido que se hubiese extraviado en una obra de teatro sin darse cuenta de que todo era un espectáculo, sino hasta la caída del telón. Y es que no sabía, no sabía qué tenía que hacer. A pesar de haber imaginado tantas veces un encuentro fortuito, a pesar de haber imaginado montañas de situaciones probables donde nos cruzábamos de nuevo en cualquier rincón de esta ciudad monstruosa, que a pesar de todo es diminuta… ¿qué le iba a decir? ¿cómo iba a actuar? ¿tenía que portarme indiferente o correr a sus brazos? Sé la mitad de las respuestas, porque sé lo que yo hubiera querido, pero no lo que era políticamente correcto. Imaginé que lo mejor sería darle un poco de crédito, y hacer lo que ella hubiera hecho: huir.
La música seguía sonando y mientras pensaba todo aquello apuré de un trago la cerveza que tenía en la mano. No me siento bien, dije, quiero irme, dije. Nadie cuestionó nada. Y me dirigí escaleras abajo rumbo a la salida temiendo a cada paso lo que presentía como inevitable… pero que no ocurrió. Quizá ya se me había adelantado, quizá vio mi silueta a la lejanía o entre las sombras, y, un paso delante de mí, había emprendido la retirada sin dejar una sola huella, o una pequeña nota de su aroma.
Afuera constaté algo que no necesitaba, ese era, y lo supe desde el primer segundo, sonreí. La eterna capa de polvo seguía allí, faltaba la misma pieza frontal, el mismo juguete colgaba del retrovisor; incluso estaba justo donde lo dejaba siempre que íbamos juntos a ese lugar. Era como si el tiempo no hubiera pasado. Pero había pasado. Inmisericordemente.
Hacía frío, y la ciudad estaba más oscura que nunca. Resguardándome lo mejor que pude del viento, -ya no sólo con el estómago revuelto, también con el pasado, con los recuerdos, apunto de vomitar nostalgia-, emprendí el camino hacia el anonimato, hacia las sombras.
Entonces, según Schopenhauer y su filosofía postkantiana pesimista, el mundo es una mera apariencia. Kant sólo descifró la realidad a un nivel científico e hizo una profunda reflexión sobre el carácter ilegible de la percepción. Así, según esto, el fenómeno se vuelve representación, mientras que la cosa en sí voluntad. La voluntad no es sólo un atributo del pensamiento, sino, y primero que nada, una expresión de vida. Por lo tanto la conciencia y la inconsciencia funcionan de manera conjunta; porque la voluntad es una especie de querer vivir, que no es propia sólo del sujeto, sino que tiene una dimensión cósmica. La filosofía entonces es la responsable de ser una cosmología que anule a la teología, la cual proclamaba a una especie de divinidad que otorgaba al hombre una situación privilegiada en el mundo natural. Si las cosas son así, la voluntad sería la esencia y realidad absoluta y última del Universo; la inteligencia comparada con ella sería pura basura secundaria. En definitiva, a vida es un dolor perpetuo, un deseo que no se sacia, una lucha constante, que implica la imposibilidad de la satisfacción y, por tanto, de la realización de nuestras aspiraciones.
Hoy, por ejemplo, ya no me siento tan estúpido por sentirme solo en un mundo de 7 mil millones de personas.
-Somos nuestra tierra -me dijo con sus dedos rotos y su aliento a hidrocarburos- yo no soy nadie cuando cierro los ojos
-¿Y los cierras a menudo?
-Estoy ciego, sólo así se puede arder -yo no entendí por qué quería arder- arder es lo más parecido suspirar cuando uno se está asfixiando
y el fuego es libertad
el corazón es un bonzo
en protesta permanente
o no es
todo o nada
las victorias parciales no sirven
todo o nada para siempre
2
Durante mi estancia en Bagdad comprendí el crujir de los huesos y la quema de los neumáticos.
Había un hombre al que llamábamos el chino, sabía todo acerca de satélites y sistemas informáticos; su madre era coreana y su padre inglés. Había nacido en Dinamarca.
Todas las mañanas recolectaba basura y encendía una fogata con la que hacíamos el desayuno.
El chino me preguntó una vez que si sentía miedo.
-No, porque soy mexicano.
El chino explotó un día de aquellos, pisó una mina mientras perseguía una gallina que se había escapado de quien sabe dónde; para que esa mañana nos lleváramos a la boca algo más que garbanzos.
La gallina escapó y desde aquel día no volvimos a cocinar nuestra comida.
1.2
No es que no me gustara el mundo
era quizá que no lo entendía
había recorrido caminos estériles
extraviado en las células ermitañas del tiempo
[ese panal de abeja circular fractalizado]
y una brasa como una quemadura de cigarrillo
fue agrandándose en mi corazón
había algo en el mundo con lo que no estaba de acuerdo
una pieza que no tenía sitio en el rompecabezas
y no sabía
si esa pieza era yo
3
La reacción química de la combustión se expresa de la siguiente manera:
C(n)H(2n+2) + (3n+1)/2O2 → (n)CO2 + (n+1)H2O
Burn = Born.
2.1
Hoy he visto por TV a un hindú corriendo sobre brasas
más tarde cociné un trozo de carne Premium
que no comí por asco
lo devoró mi perro, Homero,
a él no le importa que el fuego haya cambiado el olor
y la consistencia
no sabe los secretos de lo tocado por la flama
1.3
Con el fuego en la garganta
con el incendio entre los dedos
con las cenizas cayendo del corazón al estómago
soplo las notas de mi suerte
Por mis arterias corre lo que hierve
el ambiente hiela la comisura de sus labios
me siento como un algoritmo errado en el plano cartesiano del desierto
no me alcanza el universo para cubrir la soledad de los suspiros
me hierve el cerebro
Kurt Cobain es un dios misterioso [mentiroso] con el fuego en la garganta
y yo estoy mudo en el yermo de las criaturas matemáticas
se me oculta el firmamento
nómada de mi sangre busco la voz que se me perdió
entre el código binario que tejí durante años
Hoy
hay otros mundos que borrar con el olor a gasolina
hay otras tierras qué pisar con la ceniza en la suela de las botas
y otros fuegos qué apagar
con la orina del corazón
es tiempo de morir
en la pira de palabras
4
De lo que se trata aquí es de partirle la madre al silencio
¿Y a mí qué me importa un muerto más!
Sí es por mí que ardan todos que ardan todos y todos ardan
2.2
5
Los gritos que no son del silencio
son rugidos ahogados
que descarnan la mano de buda
la disección de los sueños es un estandarte de lo bello
no me interesan los sueños
ni el delirio
ni las plantas mágicas
Sólo el silencio incendiario
en el corazón ardiente como bonzo en protesta
todo o nada para siempre.
6
7
Había una previsión inconstante en todo lo que venía
la ira de los faroles sobre los rostros desconectados
la sangre en las arterias rellenas de números
pijamas a rayas jirones de tela
la vida en el gueto.
Era como el sentimiento al descargar todas las películas
que nunca veré porque no tendré el tiempo suficiente
o como responder todas las preguntas sin respuesta correcta:
¿me veo gorda con esta blusa?
La previsión postapocalíptica de las mentes predigitales
era también parte del síntoma.
Porque hoy una bomba estalló en la Hiroshima de mis ojos
un recordatorio ígneo
de que como en las fábricas
cuando los engranes se detienen
el sistema se colapsa
y si los mirones tienen suerte
algún gas se fuga de las tuberías y estalla
dándonos la lección del día
sobre las fallas en el simulacro y
los pixeles muertos en la entramada de la prisión.
Había una previsión inconstante en todo lo que venía
las enfermedades del gueto que sólo pueden ser curadas con fuego
ni la poesía alcanza, ni todas las palabras revueltas con sus sonidos
de sombra y locomotora extasiada
si el cerco se ensancha a los alrededores
similar al universo en plena expansión.
Los números crecen. Y sueñan en sus pijamas de rayas
con las locomotoras de números y palabras
en repetición fractálica, de sonidos y sombras.
Pero hoy una bomba estallo en la Hiroshima de mis ojos
y el fuego sanó las heridas que las rayas afiladas de gris
dejaron en mis retinas
cuando vi por primera vez
a los presos sonrientes, en sus cáscaras piyamas
jugar en la arena a picar la roca.
Hoy una bomba estalló en la Hiroshima de mis ojos
y mis pupilas intensas de adrenalina se desdibujaban
frente al espejo
y mi carne en el cristal se reflejaba
y una cámara la bebía por su lente entrometida
[directo a la posteridad, señor]
y mi cuerpo en llamas gritaba sin hablar:
He aquí que soy poeta y mi oficio es arder
Pero ni yo me lo creía. E Hiroshima
seguía creciendo en mi piel
y en mis ojos todo el crepitar.
Transmisión en vivo cortesía del espejo en la pared.
Había una previsión inconstante en todo lo que venía.
Marcha…
-
Ocho pétalos de tus labios caen como el litio pesado, perforan mis sienes.
Y escucho las gotas tak-tak-tak [perforan…perforan]; tu mirada se pierde,
no me ...